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Dos templos destruidos para construir una nueva iglesia en Ponte do Porto

Por o 14 marzo, 2017

En la década de los 50, los vecinos de Ponte do Porto transportaron las piedras pero los capiteles y los pórticos desaparecieron misteriosamente.

 

Iglesia de A Grixa-Derrumbada

 

Hace seis décadas el Cardenal Quiroga Palacios inauguraba la iglesia parroquial de San Pedro de Ponte do Porto (Camariñas) en medio de un gran jolgorio, y la rabia contenida de algunos vecinos que no entendían, que para construir un templo de cemento hubiera sido necesaria la destrucción, de una iglesia románica y una capilla de estilo barroco. La decisión del párroco fue determinante, y aunque hubo oposición, la misma quedó silenciada desde los resortes del poder.
El 28 de junio se cumplen sesenta y cuatro años, de la inauguración de la actual iglesia de la villa porteña. Aquel domingo, era un día de fiesta, víspera del patrón de la parroquia. Y se cumplía el deseo de un grupo de feligreses con su sacerdote, Silvino del Río, al frente.

 

La falta de espacio para actos litúrgicos ya había preocupado décadas antes al cura Andrés Pazos, que murió sin ver su proyecto cumplido. Fue Del Río Tomé el que tomó la decisión controvertida. Hacía falta más espacio para los fieles, aunque hubiera que tirar dos templos con historia y gran valor artístico, para construir una iglesia y ampliar un cementerio. El atentado cultural supuso reducir a cenizas el mejor testimonio románico del municipio, una iglesia situada en el lugar de A Grixa, del siglo XIII. A su lado había un grupo de panteones habilitados en el 1909. Así se amplió la necrópolis y se vendieron los nichos.

 

La magna actuación del polémico y autoritario párroco se completó con el derrumbamiento de la capilla barroca de San Roque y Nuestra señora de Guadalupe. Sobre sus restos se erigió el templo de cemento e hierro.

 

Capilla de San Roque- Derrumbada
Las piedras de ambos recintos sirvieron para levantar muros vecinales y arreglar caminos, pero otra cosa es donde fueron los valiosos capiteles y los pórticos. Desaparecieron misteriosamente, como por arte de magia. Algunos vecinos aún hoy alimentan el rumor de que su destino fue el Pazo de Meirás o el Palacio arzobispal. Es un rumor, pero lo cierto es que en el pueblo no hay resto de este patrimonio.
Los vecinos transportaron durante meses las piedras en carros de bueyes. Al principio, hubo vecinos que se opusieron e incluso organizaron una huelga de “carreteiros”. Pero el clero hizo valer su fuerza en tiempos de la dictadura. Hubo que colaborar para cumplir el sueño del párroco, tener una iglesia grande y un camposanto amplio.

 

Nueva iglesia de Ponte do Porto 

 

La imaginería popular se disparó. Dos vecinas de A Grixa, donde se asentaba la originaria iglesia, afirmaron haber visto a un anciano de barbas blancas, identificado como San Pedro, que les pedía que no tiraran su templo. Ni con esas llamadas “espirituales” consiguieron que se parasen las obras.

 

Los más supersticiosos hablaron de una maldición. El cura no tardó mucho en perder un ojo y la vista en el otro y el constructor del nuevo edificio sagrado, no llegó a enterrarse en el nuevo cementerio, ya que fue desplazado al vivir en situación de amancebamiento, algo que castigaban las autoridades eclesiásticas por entonces. Dos casualidades.

 

 

Más de 250.000 pesetas  en las obras

Las obras de la actual iglesia de San Pedro de Ponte do Porto, costaron más de 250.000 euros, de los cuales un setenta por ciento fue aportado por dos hermanas, Perfecta y Emilia Lastres. El resto se consiguió con más donativos. Otra devota, Clarisa Noya, gestionó la presencia del pintor Antonio Folgar que se encargó de las policromías del retablo. La inauguración fue un acto multitudinario. Aquella tarde de 1953, el propio Cardenal Quiroga Palacios declaró a un periodista de La Noche:“Este acto ha sido para mí uno de los acicates de mi vida pastoral que ansío se repita en toda mi diócesis”. Cientos de personas los festejaron.

 

Los hermosos templos destruidos fueron recordados en el silencio prudente que aconsejaban aquellos años, y hoy viven en tan solo un par de fotografías y en la memoria de los más viejos del lugar.

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