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Novela u49

Titulo:      U-49
Autor:      RAFA LEMA

U-49


INTROITO
Yo soy Maurice Detroyes, bretón de la  tierra de Francia, e inicié esta historia un día de tronada en el otoño español, al mismo tiempo que un circo se instalaba a la sombra de un molino de viento en un camino real y un vapor galo se iba contra los bajos en la costa más brava de Europa .
Tengo las maletas preparadas para el retorno a la patria natal tras diez años de estancia  en Galicia, a donde llegué huyendo de una peste que sembraba con la sangre de las naciones más odio en el viejo y herido continente. Diez años son muchos, incluso para aquel rey de los gitanos maragatos que me recibió con su oso triste, sus titiriteros y la mujer que tragaba fuego. El señor Manuel con sus bigotitos blancos me dio la bienvenida un año de guerra y me vio partir con sus bendiciones en tiempos de paz. En la mano, llevo la piedra azul brillante con el unicornio inscrito. En mi bolso, el cuaderno escarlata de dibujos y apuntes, con rostros, con los pórticos románicos de la barca de piedra, la última cena, las tres cabezas de reyes de un escudo de armas teñido de sangre. La medalla tudesca. E Iria, conmigo, por el camino de Francia.
Diez años atrás yo representaba un tipo flaco, de pelo crecho y corto, alto, inflado de humos y con muchos pájaros en la cabeza, cuando me despedí de mi madre y mis hermanas en el muelle de Brest escapando de la leva. Mozo de quintas, esperaban por mi el fango y el gas mostaza de los malditos campos del infierno de la batalla de Yprés.
Pero voy a contar ahora como di con esta tierra de la que ahora parto, las costas de Galicia, que van quedando en el ronsel del agua y del humo de este vapor; como conocí a Iria  y a Irene Castro, al komandant Drew y al lobo de mar Artur.
Irena la meiga e Iria la ciclista.
¡Hasta entré en el vientre de un poderoso submarino alemán que andaba buscando tesoros llegados desde el abismo de la memoria! Pero paso a paso, amigos, que espero contar mi historia de la mejor forma que sé, para que, como lectores, seais partícipes de mis aventuras y desventuras. Mis cómplices, porque leer es una decisión personal de cada uno y este libro de memorias que ahora estás abriendo es tuyo, sólo tuyo. Claro que lo normal es que comience por mi cuna, por la familia y todo eso, supongo. Así lo hacían los grandes novelistas cuando les ardía en el velo una historia que contar.

 

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE.
MI ULTIMO VERANO EN BRETAÑA

MAURICE DETROYES

En Commana es fácil llegar al hogar de los Nil, chez Nil, destacado sobre los demás  por las reformas de mi abuelo alsaciano que transformó la vieja casa de labranza bretona de su mujer, Elisa Balssa, en una casona tal las de sus tierras tedescas, con dos plantas, ventanas solanas y divisiones de tabiques de madera por toda la fachada. Una mansión al estilo alemán, de ladrillos y techo plano, contraventanas pintadas de verde, y salientes de los alerones forrados con planchas pintadas de blanco.
La función de la vieja sede patricia de Commana siempre fue la de reunirnos a todos los parientes, los descendientes del abuelo Andreas Nil, fundador de una empresa comercial y agencia marítima instalada en la ciudad de Brest. Ahora al cargo de dos de los hermanos de mi madre. Otro de mis tíos, mi padrino Legrand, andaba por el mundo, errante como Ulises. En chez Nil durante todo el año sólo quedaban mi madre y mis dos hermanas pequeñas,  porque yo pasaba la vida entre libros y colegios de internado.
A mi abuelo no lo conocí bien. Recuerdo que jugaba al ajedrez en las tardes de sol con su amigo, el judío sefardí Isaac Pérez. Los dos hablaban de batallas y viajes por mar a lejanos países y juraban en alemán. Los dos habían llegado a Bretaña prófugos del ejército francés que perdió con los prusianos en Sedán y tras abandonar en el barro sus flamantes Winchester 66 de lo cuerpos francos corrieron a todo meter huyendo de los cascos picudos de los tudescos con sus rifles de cerrojo. El cuarto del viejo, en la casa donde nací, el cuarto grande, era talmente el de Tartarín de Tarascón, con objetos llegados de todas las partes del mundo. Falcatas ibéricas, un cris malayo, máscaras fangs, botellas de ron, sedas de Nanking y mapas de las Camarines. Sin contar las piezas  impronunciables de artilugios marinos. En Commana enamoraron los dos soldaditos, mi abuelo y el sefardí, y casaron con dos mozas del lugar. El mío embarcó y estuvo muchos años por los Mares del Sur, en la Indochina, en las Filipinas Españolas, donde lo llamaban Arraez Nil, o capitán. En su buró guardaba los códigos de comercio de España y el título de capitán de mercante que ganó por una ley española que elevaba a tal destino a los primeros y segundos pilotos.

Mi abuelo alsaciano construyó su fortuna desde abajo, callado y sin prisa, como se hacen los hombres de respeto en las provincias, levantando el solar y la granja de piedra bretona de la familia Balssa, comerciando, abriéndose al mar, ese Atlántico de mareas que bajan y suben. Plantó acacias, sauces, abetos y esos álamos que tanto gustan a los alemanes por ser árboles que tan bien se dejan dominar, que con buen abono y guías buscan la línea recta y clara desde que surgen de la tierra.

Mi madre me puso en el cuerpo una mala enfermedad, la pasión por la lectura. Algo  tenía que ver que por la abuela materna andábamos mezclados con los Balssa, comisarios de abastos en Tours. Sí, los padres del gran novelista Honoré de Balzac. Con su nombre mudado del original. Cuando Balzac volvió de su viaje a Italia, mi bisabuelo Loeiz y el marqués de Belloy fueron compadres de fatigas y excursiones de aquella grandeza de las letras francesas. Mi madre guardaba en una vitrina libros dorados por los cantos, como El Vicario de las Ardenas, Jean Louis, o Eugenia Grandet, con dedicatorias de su autor a sus parientes bretones. Ella me decía que la historia del señor Grandet era copia  de la vida de nuestros ancestros; ya que, al igual que la familia literaria, cuando la revolución, uno de los nuestros compró por una olla de harina las mejores tierras a su suegro republicano fiscalizador de las rentas usurpadas al clero y a la nobleza. Estas fanegas de los incipientes Balssa fueron con el tiempo un buen aval para que estos y los Nil se embarcaran en la empresa de la milenaria y gloriosa marina mercante de Bretaña.
Pero mi madre gastaba otros favoritos, sin ofender a la familia, pues era dueña de un exquisito gusto literario y musical, y una de esas bellezas de mujer común que no cansan, que llenan un salón con su mirada clara y serena, con cualquiera de sus naturales movimientos, de una mano tomando una taza de te, sirviendo una copa de muscadet, de las yemas corrigiendo un pliegue de la saya, de una caída y bajada de cejas. 
Si alguno estimaba entre sus libros, era uno de tapas azules sin más letra exterior que el título en la portada, y dorados con fileteados de helechos y lises. Dedicado por su autor. La Dama de las Camelias, un ejemplar adquirido en la rue D´Antin a las doce y cinco de la tarde de un 16 de marzo, cincuenta años después de que el narrador de la vida de Margarita Gautier comprara en la subasta de los muebles  y ricos objetos de la desgraciada finada un ejemplar de Manon Lescaut. Alta y delgada como Margarita venía siendo mi madre, quien no ocultando su devoción por la pobre alma de vida licenciosa, en una ocasión que marchó a París con unos parientes, vestida de cachemir y anchos volantes de seda, llevó un 22 de febrero 25 camelias blancas y cinco rojas al cementerio de Montmartre. Sacó una foto en la fuente de Saint Cloud, visitó el bosque, el paseo de las Acacias, el de la reina Margarita. Las flores secas caidas, mojadas por las primeras lluvias del otoño en el bosque de Bolonia se le pegaron en la caja de plata de los recuerdos.
Esta admiración, que yo entendía fruto de la pasión novelesca  mas que de alguna señal de dolencia de su corazón, me  hacía soñar muchas veces con damas vestidas de blanco bajando de una carretela descubierta en la puerrta de Susse, me vía preguntando al conserje del cementerio por el gran libro donde están inscritos y numerados todos los nombres de los que entran en aquel asilo final, acompañándome el hombrecito a la tumba de mármol blanco cubierto de camelias, o paseando por los Campos Elíseos  viendo su  tílburi azul guiado por dos soberbios caballos bayos. A mi madre, no era raro verla  recitando al atardecer contra el sol que lastimaba las cortinas de encaje : “llegaba sola a los Campos Elíseos, y se ocultaba todo lo posible en su carruaje, en el invierno envuelta en un gran cachemir, en el verano vestida de forma sencilla…”
Por supuesto que no figuraba ésta como su única obra de culto, pero no voy a citarlas porque sería dar cuenta de nuestra gran novela del siglo del romanticismo y del realismo.
Yo, por mi parte, traicionando a la familia y a los desvelos de mi madre (sacando el común afecto por Stendhal), tenía mi guía particular en las aficiones por la creación literaria, el jesuita español don Antonio, un ocasional maestro de clases particulares en el verano bretón. Bien pronto me sembró la fiebre por la historia, por el descubrimiento de las regiones del planeta, por la comedia teatral española, las Memorias de Santa Helena, los boletines del Gran Ejército, a la edad  en que el Julian Sorel de la novela Rojo y Negro, en una serrería del Doubs, río retorcido y juguetón, contaba sus 15 francos y 8 sueldos, maquinando en una caminata  de dos días de campo a través para alistarse en Besançon o escapar a Suiza, quemando en una pira sus deseos de progreso y ambición. Si, antes de Dumas, Verne, Salgari, me llené de libros de peso, marcas profundas en el corazón adolescente, con Rojo y Negro de Stendhal, como mi tomo de cabecera en la fría y húmeda patria.
Ni de los Nil, con todo, ni de los Balssa, ni de los arrimados Detroyes paternos, salió nunca un artista o intelectual. Las aspiraciones de mi madre, la única con verdadero talento, en la enseñanza y en la creación literaria ocasional, no sacaron de ella una Bronte, a causa del destino de la inmensa mayoría de la infantería femenina de nuestro tiempo: la crianza de los hijos, la atención de la casa, las vicisitudes que la vida  trae, un día sumado a otro día. Pero escondía ella sus cuentos góticos, poemas románticos, viejas leyendas bretonas, en cuadernos escarlatas manuscritos, con preciosos dibujos a carbón.
Si a ella le pesaban las convenciones, a mi me hundía la pereza, que la literatura es un arroyo que no fluye para todos;  pero además necesita cauce, trabajo, sino constante, firme, cuando se emprende una tarea. Y mis pocos años y mi mucha fantasía formaban una mala recua de jacas altaneras de paso irregular.
Tampoco conocí mucho a mi padre, Michel Detroyes, un funcionario de aduanas que se había enamorado de mi madre en una fiesta en los muelles. La hija del agente comercial Nil, una mujer aficionada a los libros y que deseaba ser maestra. Pero tras la boda, llegaron los hijos, y ella tuvo que atender a sus padres ya mayores en la casa patricia y abandonar sus sueños. Un día, tenía yo unos diez años, y un tío me vino a buscar al colegio de los jesuitas, para decirme que mi padre había muerto de un infarto; y así, por el poco trato que con el tuve, me resultaba ahora un desconocido, por más que a veces me quedaba mirando su retrato en el pasillo de casa e intentaba recordar los pocos momentos que había pasado con el, aquel hombre tranquilo, trabajador, callado, que  apenas tuvo tiempo para coger en brazos a dos niñas nacidas el mismo año de su muerte. Posiblemente esta falta de uno de los pilares del hogar sea la causa de que mi carácter sea así, de tipo callado, solitario, amigo de los libros y los paseos. Aunque a veces, soñaba con largos viajes en fragatas veleras, batallas navales, o incluso en correr de bandolero con una partida por los montes de España.
En este repaso por la vena familiar llegamos al hermano más querido de mi madre, mi tío y padrino Legrand Fabrice Nil. En el quería yo dar, el colofón de una pequeña lectura del árbol de Gessé. El no parecía de los nuestros, posiblemente por ser el menor, el consentido, amo de las atenciones de la  madre. Durante su adolescencia y mocedad como estudiante en París, moderna Babilonia, se comportó como un disipado paseante de bulevar, bravo chulo, parisien chic de flor en el ojal, raya hacia atrás, abrigo claro. No era con todo un estudiante metido en una carrera sin ganas, de los que andan vagando malamente, llevando en  el cerebro las luces y las sombras de la ciudad, de la bella Lutecia. Poco a poco el iba sacando las materias. Su madre, mi abuela Elisa, no le vía mucho futuro a aquel hijo, que le había salido tarambaina, amigo de la juerga y el café. No le daba razones para pensar que algún día se haría hombe de pro y le llegaría el sentido, salvo que una mujer de armas tomar, con buena correa, lo sometiera a la paz  del hogar. No lo vía casado y murió sin verlo subido al altar, pero sí hecho todo un hombre de comercio y de fortuna.
El  jesuita que venía por nuestra casa  y a veces tenía yo como profesor de español, y otras materias, don Antonio,  amigo de la infancia y del tiempo de mi tío, había sembrado en  mi abuela el demonio en el cuerpo diciéndole que su hijo era un golfo, ateo y masón, aficionado al espiritismo, a la cábala, practicante de esperanto. Uno del círculo y tertulia del boticario cojo de Commana, célebre en toda Francia por ser reunión de poetas modernistas, amigos de las nuevas ciencias y las lenguas remotas y perdidas. Ella, no entendiendo buena parte de aquella palabrería bellaca, de esos nombres feos y retorcidos, comprendía por supuesto que no trataban de nada bueno ni eran cosa de gente de respecto. Y rezaba por el alma de su pequeño enredante.
Tras una juventud alocada, mi tío mudó de proposito y se hizo hombre de pro. Vino a  mi bautismo, en el comienzo del siglo, y enroló en la mercante inglesa, asentándose por un tiempo en las tierras altas de Escocia, aunque la mayor parte del tiempo navegaba en alta mar. Por todos los mares que voltean la tierra. Tratando, como antes su padre, con españoles e ingleses sobre todo, aprendiendo sus lenguas, su cultura, siendo uno más entre ellos, un ciudadano del mundo, un mundo que estaba quebrando por sus juntas.
Retornaba a Bretaña por las Navidades y su visita era una fiesta para los niños. Traía fantásticos regalos de países con nombres de ilusión, algunos destinados al cuarto del abuelo, tan amigo de los instrumentos raros de las distintas razas que Dios  soltó por el mundo. En esos meses, con el tío entre nosotros, siempre había ocasión para una fiesta  familiar en la casa patricia de Commana, donde se reunían los Nil errantes, en la mesa grande del comedor, presidida por el patriarca y abuelo Andreas. Los pequeños primos nos sentábamos en otra mesa próxima. Los mayores, mi prima Claudia de Brest y yo,  gozábamos del favor  del tío que nos llevaba en sus excursiones  a los más hermosos parajes de nuestra tierra bretona. Delante de un calvario o de un dolmen nos contaba historias de aparecidos, de ninfas en los arroyos, de sirenas marinadas con humanos, de batallas, de cuevas de sierpes y de tumbas de guerreros que duermen esperando la llegada de una nueva edad que los retorne a la vida con sus propios caballos, con sus escudos y espadas. Paseábamos por los ríos, los molinos, por las ruinas de una iglesia románica o normanda, con sello bretón, con las marcas del dominio inglés, por una mina abandonada, una roca marina de frailecillos, araos, cormoranes, con la caricia de silbido malva de la luz de los faros sobre el mar y los barcos de la ardora. O penetrábamos en la abertura de un túmulo que servía de puerta al otro mundo.
El nos demostraba que si bien la tierra estaba llena de maravillas, nunca deberíamos despreciar la propia patria, e incluso nuestra pequeña aldea, Commana, no ocultaba su interés en este extremo Finisterre. Tenía su cruceiro de encrucijada con piedra de posar en la salida del camino del bosque grande, con Nuestra Señora de las Angustias en la base. Una cruz singular en el país de los maestros de la piedra, de los grandes y labrados calvarios que dejó en pie la revolución. El milenario lech con el crucificado, ese menhir inscrito con letras doradas en la vieja historia bretona. La piedra oscura de gersatón esculpida por los canteros que vivían aquí desde el comienzo.
El tío Legrand no podía disimular el aprecio que sentía por Claudia y por mi. Nos vía crecer año a año, visita a visita,  y les servíamos de apoyo para realizar una excursión, un paseo, desengancharse de su mucha vida y trajín. Con nosotros hablaba largamente o a veces callaba,  y nos hacía callar, para escuchar las distintas músicas de un río, bajando por sus rápidos, deteniéndose en la presa de un molino, de un batán. El sonido del viento atravesando un bosque, de las olas descargando su dolor de saladas lágrimas sobre la arena, ese arenal hecho de plumas y huesos de gaviotas. E incluso, con Claudia, discutía de políticas y de países, de ciencias e inventos que estaban asombrando al mundo.
Mi prima ya trabajaba con su padre en la agencia marítima familiar, en Brest. Ella me pasaba tres años, que son muchos en la adolescencia y se multiplican sobre una mujer. Era muy liante y curiosa, quería saber de todo y no había asunto en donde no metiera la pata, mimada y consentida por papá Charlez.
– ¿Y qué opina mi primito Maurice Detroyes Nil de todo esto?- inquiría la maldita cuando me notaba cara de pánfilo, desconocedor de un tema, pero allí estaba mi tío para sacarme del apuro.
Yo apenas hablaba cuando los dos se liaban a preguntas y respuestas sobre asuntos del mar, sobre el curso de la guerra,  el significado de las piedras esculpidas de Pleyban, de Men Marz, o la piedra del milagro de Brignogan. No me vía con fuerzas para entrar en sus discusiones; tímido y cohibido me hallaba delante de mi mundano tío y de mi sabihonda prima, que siempre quería salir con la suya y cansaba al rival hasta que éste le diera la razón. Sentía que los años de la infancia se habían desinflado como un globo, que los pies me pesaban sobre la tierra, y comenzaba el tiempo de los espejos, de las comparaciones, de las preguntas. Cada día  algo nuevo me asombraba, una noticia del periódico, una lectura, una palabra desconocida que buscaba en el diccionario. Y cada jornada me sentía más vacío, más triste, confuso. Por eso muchas veces deseaba llegar a la cama, dormir, descansar, y no pensar, ajeno a la luz del día y bajo el manto de la fría luna. Soñaba con viajes por selvas impenetrables, con barcos a los mandos de mujeres piratas que me estimaban por mi valía como asistente de derrotas y estrategias en la cámara de popa. Y a veces escribía en medio de la noche algún verso que me parecía deslumbrante, genial, o el inicio de una historia que no acabaría, nacida de mi imaginación o recogida en la plaza, en medio de algún libro.
A veces me levantaba y me miraba el pecho, porque creía haber visto estrellas inscritas en la piel, y monedas de oro de un cofre pirata tiradas en medio de las sábanas. Los caminos de la aldea me cabían  en la mano, ya no eran descubrimientos bajo las ruedas de la bicicleta. Incluso el mundo, con el mapa abierto, creía dominarlo a golpe de lectura.