Quiero ser una introducción, siempre quise ser una introducción, un producto inacabado, un eslabón perdido entre el humanismo enciclopedista y el automatismo raptor de las nuevas tecnologías, un paradigma incongruente de la travestida sociedad en la que vivimos, un enlace entre el romanticismo trasnochado y la vorágine iconoclasta de los tiempos modernos, un intruso en busca de otros intrusos que quieran divagar y liberarse de toda atadura dogmática.

Con ese motivo te ofrezco mi salón para que ocupes un asiento y hagas uso de la palabra siempre que lo desees. Si te gusta debatir sobre política, sobre las bellas artes, sobre literatura o sobre todas esas pequeñas cosas que nos hacen ser como somos, entra, mira, lee, escucha y opina.

Si consideras que la política democrática es un buen instrumento para perfeccionar nuestras relaciones, por mucho que algunos políticos profesionales se empeñen en demostrarnos todo lo contrario, si crees que somos más justos cuanto más nos ponemos en la piel del otro, y que el mundo puede ser mejor cuanto más crezcamos nosotros como individuos socializados.  

Si asumes que una pequeña estrella nos enseña a doblegarnos como Paul Klee, si te impresionan los paisajes de William Turner, si te paralizan los inquietantes colores de Mark Rothko, si te divierte la provocación cinematográfica de Andy Warhol, si las deformadas caras de Bacon consiguen que rechaces la autocomplacencia, si el pérfido candor de Caravaggio te deja desnudo ante tus propias miserias, o si la delicada brutalidad de las esculturas de Francisco Leiro purifica esa parte de licántropo que conforma tu genética.

Si encajas en cualquier tipo de lector que Italo Calvino describe en “Si una noche de invierno un viajero..”, si alguna vez quisiste ser el Dorian Gray de Oscar Wilde y vender tu alma al diablo para seguir siendo por siempre joven, si la cara de porcelana de Satoko en “Nieve de primavera” de Yukio Mishima provocó que te sonrojaras azorado en la intimidad, si los naturalistas versos del viejo  Walt Withman te condenaron a ser un poco más humano, si Blaise Cendrars te llevó al fin del mundo por los tugurios de París, o si por casualidad intentaste enfrentarte a la tarea casi imposible de comprender en toda su magnitud el “Ulises” de James Joyce.

Si cuando viste a Gene Tierney en “La ruta del tabaco” de John Ford comprendiste que el arte de la seducción nunca podrá ser inocente, si la Romy Schneider de “Lo importante es amar” te rompió los cursis moldes con que se reviste el amor, si alguna vez te robaron la intimidad como en “Sexo, mentiras y cintas de vídeo”, si te escondiste en el armario de “Blue Velvet” para vigilar las bajezas de tu subconsciente, si Pasolini te ayudó a comprender otras formas alternativas de comportamiento humano, si “Rocco y sus hermanos” de Visconti acentuó tu odio contra los desarrollismos inhumanos.

Si Bowie te convirtió en un camaleón, si la obertura de “La canción de la tierra” de  Mahler consigue llenarte los pulmones de aire, si Joy Division descubre con sus ritmos tu parte oscura, si Inma Sumac te invita a bailar el mambo, si alguna vez cometiste el error de querer convertir tu vida en una canción.

Si quieres que lejos de estremecerme ante los blancos impolutos me divierta contigo, seas el intruso que seas, la intrusa que nunca quisiste ser,  ejerce como revulsivo, entra.

Si los iconos de mi salón no son de tu agrado no importa, intenta cambiarlos, si entras es posible que me descubras lo yo ando buscando porque lo desconocido siempre es más.

Como nos hizo ver Tierno Galván, la realidad no es algo en lo que estamos, sino un entramado natural-social que producimos como resultado de nuestro existir.

Santiago Pazos