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Lo estábamos esperando y aquí lo tenemos. Un nuevo artículo de uno de nuestros comentaristas de cabecera, Santiago Pazos.

RAZONES CONTRA LA PEREZA SOCIAL

Dazibao de Santiago Pazos

Hace tiempo que por varias vías se me venía insistiendo en que iniciase una nueva sección de artículos de opinión política. Y no es que no me apeteciese hacerlo, es de sobra conocida mi inclinación pasional por el análisis político y por la defensa de la “cosa pública”. Mas si en un primer momento me lo impidieron motivos de salud personal y una inmensa pereza, una vez superados éstos me sentí hastiado ante la pobreza dialéctica en la que está sumida la vida  política y ante la nula acción social reivindicativa frente a los dos grandes problemas que padecemos en estos momentos como son el paro causado por la crisis económica, unido a la precariedad del mercado laboral en todos los sectores productivos como inevitable consecuencia, y la corrupción que afecta a la casi totalidad de los estamentos políticos con la connivencia vergonzosa de una mayoría social y mediática considerable.

Así que ante el desconcierto que vivimos se hace necesario espabilarse la pereza y como la inacción del individuo crítico es el gran pastel del que se alimenta el sistema, aún inmerso en un mar de dudas, he decidido publicar esta serie de dazibaos (carteles públicos de contenido político muy populares en China) con la intención de alterar el desasosiego provocado por este paisaje tan desolador.

Es cierto que con motivo de la crisis económica se ha producido un interesante debate ideológico entre los que abogan (los menos) por un cambio radical en las estructuras de nuestro sistema económico, los que exigen más control de los Estados sobre los mercados financieros o los paraísos fiscales y los que sólo quieren un Estado salvafortunas. Pero no es menos cierto que ese imprescindible debate, aún dejando constancia de la metástasis que afecta a lo más profundo del actual sistema económico basado fundamentalmente en la especulación y el crecimiento permanente a costa del medio ambiente y de agigantar las diferencias entre los pobres y ricos del mundo, no ha tenido más recorrido en la práctica y seguirá vigente hasta la próxima crisis mediante simples transformaciones estéticas porque nadie está dispuesto a aplicar un cambio en profundidad.

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La culpa de que no se busque un recambio no atañe directamente a individuos concretos, aunque obviamente la conciencia individual no pueda escapar de sus obligaciones sociales, sino que anida en el mismísimo corazón de los consejos de dirección de los organismos nacionales e internacionales que ostentan el poder y la responsabilidad de poner orden en la jauría financiera que han permitido y alimentado, incluidos partidos socialdemócratas y sindicatos que se han mostrado incapaces para ofrecer una alternativa viable al neoliberalismo.

Por si no estaba suficientemente claro, la actual crisis financiera deja definitivamente al descubierto que el individualismo capitalista se ha instalado en las neuronas de la clase media trabajadora convirtiéndola en cómplice de la supervivencia de un sistema, controlado por decisiones de entes que carecen de cara, nombre y apellidos reconocibles, cuyas tácticas de supervivencia, mediante transformaciones estéticas que no de fondo, funcionan con los mecanismos de un ilusionista para seguir acumulando beneficios. Por decirlo de un modo claro y actual, se han berlusconizado.

De ahí que, entre otros motivos, los corpus teóricos ideológicos elaborados en los siglos XIX y XX no sirvan más que como referencia para la organización social del presente siglo. El echo de que nuestro sistema político y nuestras instituciones democráticas estén colapsados por su rigidez representativa y el uso que de dicha rigidez hace una partitocracia que adolece de su peor vicio, la corrupción, conducen al ciudadano al desencanto político y al abandono de sus obligaciones y compromisos sociales favoreciendo el resurgimiento de toda clase de populistas y demagogos que se aprovechan de la situación para enriquecerse al estilo de la mafia. A nadie interesa más que a nuestro sistema económico la anunciada muerte de las ideologías. Para la elite que controla el sistema, el ciudadano ejemplar será aquel que sólo se plantee como meta para alcanzar la felicidad el bienestar material que le ofrece el consumo desmedido.

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Pongamos un ejemplo, a la banca y a los fondos de inversión les importa un cuerno que los homosexuales puedan o no casarse, lo importante para ellos es que ese sector social esté contento, trabaje para poder medrar socialmente y pueda seguir consumiendo. Esta indudable conquista social pone de manifiesto que sus prejuicios morales dejan de ser una excusa cuando el negocio es rentable. Antes se creaban productos para satisfacer las necesidades humanas, hoy se inventan necesidades para poder crear y vender nuevos productos.

Por otra parte, las ideas han cedido todo su terreno a los estados de opinión. Hoy se gobierna a base de encuestas. Por eso las diferencias ideológicas partidarias son percibidas por el ciudadano como simples matices. La llamada opinión pública y publicada está teledirigida por las grandes multinacionales de la comunicación, que incluso pueden  poner y quitar gobiernos, bajo el enunciado de que todo cambia para que en realidad todo siga igual.
Pero por mucho que las diferencias sean de matiz, algunos sabemos que no todas las políticas son iguales, seguimos pensando que las diferencias ideológicas siguen presentes por mucho que las inversiones en pensamiento único sigan creciendo. Quizás hemos relajado nuestro nivel de exigencia, pero eso se cura aparcando ¿la moderación responsable? en la que nos hemos instalado. Motivos no faltan para levantar la voz.

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Todo esto está pasando en el mundo y creo que son razones suficientes contra la pereza social, pero podemos abundar en la necesidad de una nueva acción social reivindicativa si nos detenemos en la situación actual de los ámbitos políticos más cercanos donde las disputas políticas discurren por caminos que sólo nos llevan al ensimismamiento aborregado. En los municipios todo se reduce a una carrera desenfrenada para ver quien alicata más kilómetros de aceras, el lodazal mediático político en el que se desarrollaron las últimas elecciones autonómicas gallegas nos dejaron un panorama cargado de desconfianzas y dominado por políticos circunspectos que utilizando la anécdota como categoría como base permanente de su discurso demagógico no saben qué hacer con el papel que los gallegos les hemos encomendado, y en el ámbito nacional nos han instalado en lo que Vicente Verdú denomina acertadamente “la política del espectáculo” con la estrategia del escándalo como única guía.

Dice José Saramago en su novela “Todos los nombres”, que en rigor, no tomamos decisiones, son las decisiones las que nos toman a nosotros. Y no parece una afirmación nada descabellada si tenemos en cuenta que en realidad la vida cotidiana de cualquier ciudadano parece estar dirigida por decisiones que al parecer ellos nunca han tomado ni jamás se han planteado adoptar. Y para sentirnos más cómodos y seguir al pairo, podríamos decir incluso que el devenir completo de la vida de cualquier individuo lo han decidido otros por él antes de nacer. También es posible que hayamos sido abducidos por alguna decisión personal o colectiva que nadie esperaba, una decisión que nos ha dejado a todos descolocados. Y así estamos ahora, buscando de nuevo nuestro lugar, nuestro protagonismo dentro de una realidad trastocada por esa decisión personal o ajena. Podremos engañarnos de mil maneras, pero creo sinceramente que nada está predestinado a pasar si nosotros no queremos que pase.  Sigue…