Rafael Lema,Tania Carreira y Javier Cundíns inspeccionaron la zona.

 

 

 El Castelo de Traba de Laxe o Torre da Moa es una de las alturas míticas de la comarca, un lugar lleno de leyendas de cuevas de mouras y apariciones, en el tramo final de los Penedos de Pasarela y Traba, uno de los monumentos naturales de la provincia. Pero además en la Torre da Moa hubo una fortaleza medieval en manos de los condes de Traba, importante linaje en los reinos de León y Portugal, de ahí que también sea un enclave de valor histórico con abundantes pruebas documentales de su existencia. Guiados por Javier Cundíns, la bloguera Tania Carreira y el escritor Rafael Lema subieron a realizar un mapa de la ruta al mítico monte y de paso analizar los vestigios que podrían guardar sus alturas. En la visita el grupo pudo localizar huellas de la presencia del hombre, de distintas épocas, tanto de un posible santuario prehistórico como de los restos de la citada fortaleza medieval.

 

Antes del acceso al poco accesible tramo final, en las laderas de la Torre da Moa se pueden apreciar dos lienzos de muros de piedras reaprovechadas de la estructura medieval defensiva, con algunas losas trabajadas que servirían en alguna puerta o ventana. Además, al lado de uno de los peñascos que forman el grupo granítico, en su zona norte, se aprecian los cimientos de una plataforma tipo torre, que daría nombre al lugar. Apostada sobre el “petón” de A Moa. Es posible que se tratase de una pieza defensiva y de vigilancia, con una base en piedra y una parte elevada en madera que usaría la peña como apoyo y atalaya para la vigilancia costera.

 

Los historiadores gallegos creen que esta fortaleza al igual que el castillo de San Jorge en el monte Pindo nacieron como vigilancia y defensa contra los ataques por mar de normandos y sarracenos. En ambos casos eran castillos roqueños del rey, que cedía su tenencia a un noble, en este caso la Casa de Traba, y asimismo dieron nombre a los territorios que señoreaban. En las cercanías se hallan los restos de un dolmen, con varias de sus losas en el suelo, al lado de camino real que lleva a Viqueira y Aplazadoiro. Pero es la parte alta de A Torre da Moa la más sorprendente, tanto por sus espectaculares vistas sobre el valle de Traba de Laxe, o los montes de Pasarela y Braño, como por los vestigios de ocupación humana, algo por ahora sin referencia previa.

 

El conjunto de los penedos se inicia con una subida por un tortuoso sendero en fuerte pendiente, una ruta con tres niveles delimitados, en los tres casos por dos grandes bloques de granito a modo de puertas a un espacio sagrado o ritual. En el segundo de estos accesos, la mole de la derecha presenta una marca serpentiforme y la de la izquierda una especie de placa artificialmente desbastada y a mucha altura, que no permite apreciar si quedan restos de marcas o letras, o si sirvió de base a una inscripción perdida, pero demuestra una antigua actuación humana marcando el camino al alto y dando algún tipo de información. Tiene forma de ojo irregular y similitud con otras inscripciones de santuarios indoeuropeos de la Península. La última puerta natural antes de llegar al alto, a la Moa, es una hendidura como un pasadizo en un gran bloque granítico que recuerda la llamada “calle de la reina Lupa” del Pico Sacro, usando como base una de los tres moles que forman la Torre da Moa. 

 

Ya en la parte alta, se pueden ver numerosas “pías” y canales naturales, también cuevas entre bloques, que dieron lugar a numerosas leyendas. De una de ellas se cuenta que lleva hasta la iglesia de Santiago de Traba, a varios kilómetros, en el llano. Otra cueva está tapiada por tierra y unos grandes bloques verticales y según las leyendas locales se cubrió porque los vecinos entraban en sus profundidades y se desmayaban a causo de “malos humos”. En tres de estas cuevas se aprecian no obstante numerosos restos de tejas rotas de varios modelos, y restos óseos, supuestamente de animales, y con muestras de haber sido cortados con destreza con algún tipo de utensilio. También se ven tierra, piedras y tejas quemadas en el interior de las cavidades que apuntan a antiguas hogueras. En todo caso son claras muestras de un uso humano del espacio. Las tejas en principio apuntan por su forma y estado a restos medievales de las cubiertas de la anterior fortaleza medieval, supuestamente de alguna torre atalaya.

 

 

 

 

La cueva mas sorprendente para el grupo resultó ser la del peñasco que mira al valle de Traba y al mar. También a la puesta de sol. En este caso, la peña en su cara este presentaba el inicio de una pequeña cavidad, medio oculta, pero de imposible acceso. Uno de los senderistas, sin embargo, apoyando su espalda en el suelo y deslizándose como en un tobogán, logró malamente entrar en la cueva. Y dentro pudo observar que se trataba de una especie de capilla de tres metros de altura, con otras cavidades laterales llenas de tierra quemada, tejas y piedras, que demuestran su uso supuestamente ritual debido a lo poco accesible del espacio. Una gran losa en el centro de la cueva mostraba unas marcas a media altura que servían para que una persona se colocara sobre la misma con cierta comodidad para observar la puesta de sol en un gran ventanal natural, con un saliente en forma de cabeza. 

 

En otra de las peñas de nuevo aparece una referencia a un uso ritual del espacio. En su corona, las cavidades circulares tienen marcados canales de unión entre ellas y en ambos casos presentan evidentes signos de haber sido artificialmente desbastadas, horadadas y perfiladas, con profundas huellas. No son las clásicas “pías” naturales. Este conjunto de pilas hechas por mano humana y unidas por canales terminan en una cavidad en caída hacia el abismo. Esta última parte del conjunto, con forma de embudo o la típica maza de bronce galaica de asas, con casi un metro de largo, tiene tres marcas a su izquierda y otras tantas a su derecha. Un número de referencia sagrada en este tipo de santuarios. En todo caso son claras hendiduras hechas por instrumentos metálicos, para asentar una especie de varilla o plataforma de recogida de líquidos. Dos de los pares de huellas tienen forma de podomorfos, las conocidas como pies de santo, que figuran en santuarios peninsulares prehistóricos. 

 

El Castelo de Traba empieza ahora a descubrir algunos de sus secretos, mostrando las evidencias de una ocupación antigua, medieval; pero también la existencia de marcas de ritos prehistóricos. La vinculación de la vieja torre a la casa noble de Traba hace del espacio además una referencia histórica de gran relieve. La señora de Traba Urraca Froilaz, era hija del conde Froila Arias de Traba y de Ardiu Didaci, descendiente del conde gallego Menendo González, tutor del rey Alfonso V de León, que además era nieto de Hermenegildo Gutiérrez y sobrino de San Rosendo. Se casó antes de 1088 con el noble de Xuvia Froila Bermúdez, que se crió en la corte del rey Alfonso VI. Del matrimonio desciende el gran señor de la casa, Pedro Froilaz, que se titulaba conde de Traba, de Trastámara, de Galicia. Estos nobles fueron durante dos siglos fundamentales en la política leonesa y portuguesa.